Audre Lorde



Afuera





En el centro de una ciudad cruel y fantasmal
todas las cosas naturales son extrañas.
Crecí en una confusión genuina
entre césped y maleza y flores
y lo que significaba de color
excepto la ropa que no se podía blanquear
y nadie me llamó negra de mierda
hasta que tuve trece.
Nadie linchó a mi mamá
pero lo que nunca había sido
había blanqueado su cara de todo
excepto de furias muy privadas
e hizo que los otros chicos
me llamaran agrandada en la escuela.

Y cuántas veces he vuelto a llamarme
a través de mis huesos confusión
negra
como médula queriendo decir carne
y cuántas veces me cortaste
e hiciste correr en las calles
mi propia sangre
quién creés que soy
de transformarte
o qué ves en mi cara
que no hayas descartado ya
en tu propio espejo
qué cara ves en mis ojos
que algún día
vas a
reconocer como la tuya
A quién maldeciré por haber crecido
creyendo en la cara de mi madre
o por haber vivido temiendo la oscuridad potente
usando la forma de mi padre
ambos me marcaron
con su amor ciego y terrible
y ahora estoy lasciva por mi propio nombre.

Entre los cañones de sus terribles silencios
Madre brillante y padre marrón
busco ahora mis propias formas
porque nunca hablaron de mí
excepto como suya
y los pedazos con que tropiezo y me caigo
aún registro como prueba
de que soy hermosa
dos veces
bendecida con las imágenes
de quienes fueron
y quienes pensé alguna vez que eran
de lo que traslado
hacia y a través
y lo que necesito
dejar detrás de mí
más que nada
estoy bendecida en los seres que soy
que han venido a hacer de nuestras caras rotas
un todo.





Audre Lorde (1934, Nueva York / 1992, Saint Croix, Islas Vírgenes, Estados Unidos de Norteamérica)
Fuente: http://www.mirales.es/audre-lorde-una-amazona-guerrera/

Imagen: www.bustle.com


Claudia Masin




La luz de la luna / Moonlight


"y cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.
Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos"

(Audre Lorde)




Hay quienes no formamos parte de la especie
más que como el error, la anomalía que confirma la precisión
y el equilibrio de las cosas. Como las crías enfermas,
defectuosas, que las perras apartan alzándolas del cuello con la boca,
no se espera de nosotros ninguna fortaleza ni coraje. La mayoría de las veces
no hace falta matarnos: el cuerpo vaciado del amor
y del deseo de los otros pasa rápido. Una mancha en el cielo
que pocos llegan a ver antes de que se apague
a miles de años luz, sin poder hacer contacto con la tierra,
sin que nadie la extrañe. Pero a veces,
contra todas las probabilidades, una raíz crece desaforada,
sostenida en el aire hasta clavarse en la materia,
arrastrada por un deseo salvaje, por el empuje de la vida
que resiste aunque sepa que en ese esfuerzo descomunal
corre el riesgo de –finalmente- quebrarse. Dejá
que tu cabeza descanse en mis manos, me dijiste, prometo
no soltarte. Y yo, que lo único que sabía
era que había que escapar del amor como quien escapa
de una pedrada en el pecho, un golpe bien dado en el lugar
más vulnerable, me quedé
sin embargo en ese abrazo y fuí curado
de las enfermedades de los otros, de lo que hicieron conmigo
para salvarse. No hizo falta que nadie más me tocara. Un cuerpo
sostenido en otro cuerpo se vuelve una casa.


Otros poemas de Claudia Masin, aquí
Poema inédito basado en el film Moonlight, Barry Jenkins, 2016
Imagen: fb de CM

Erri de Luca




Ríos de sangre





Iban los viejos a las fuentes
y las mujeres con cubos a lo largo del río
mientras el aire silbaba de proyectiles y esquirlas,
la banda musical de los asedios, junto a las sirenas.
Danubio, Sava, Drina, Neretva, Miljacka, Bosna
son los últimos ríos añadidos a las guerras del siglo veinte,
los ejércitos mordían sus orillas, derribaban sus puentes,
luces de ciudad, Chaplin, las luces de aquellas ciudades
estaban todas apagadas.
Alrededor, Europa prosperaba ilesa.
Otras madres arrodilladas acudían a las orillas,
después de que el Volga detuviera en Stalingrado al sexto
ejército de Von Paulus
y lo hiciera retroceder y lo persiguiera hasta el último puente
sobre el Esprea,
ahogando Berlín.
Las aguas de Europa todavía reflejan incendios.
El deshielo del Vístula iluminado por el hambre del gueto:
no fue bastante para el siglo veinte.
El agua en Europa vuelve a costar su equivalente en sangre.





Erri de Luca (1950, Nápoles, Italia)
Fuente: http://msur.es/2016/12/07/erri-luca-poemas/ 

Imagen:  www.elcultural.com



Fiumi di guerra



Alle fontane i vecchi
le donne con i secchi lungo il fiume
e l’aria fischiettava di proiettili e schegge,
la banda musicale degli assedi, insieme alle sirene.
Danubio, Sava, Drina, Neretva, Miljacka, Bosna,
ultimi fiumi aggiunti alle guerre del millenovecento,
gli eserciti azzannavano le rive, sgarrettavano i ponti,
luci della città, Chaplin, le luci di quelle città
erano tutte spente.
L’Europa intorno prosperava illesa.
Altre madri in ginocchio attingono alle rive,
dopo che il Volga fermò a Stalingrado la sesta armata
di von Paulus
e la respinse indietro e l’insegui fino all’ultimo ponte sulla Sprea,
affogando Berlino.
Acque d’Europa specchiano ancora incendi.
La Vistola al disgelo illuminata dalle fiamme del ghetto:
non poteva bastare al novecento.
L’acqua in Europa torna a costare l’equivalente in sangue.

Señalador



Alejandro Schmidt / Romanticismo y verdad



Hay un orden y está en el cielo





algunos necesitan un trabajo para sentir que controlan la vida
algunos escuchan voces y obedecen
voces y se intimidan
algunos crecen silenciosos como plantas nocturnas al lado de las vías
algunos odian quedarse porque mantienen la ilusión del espacio

hay un orden y está en el cielo

algunos se retractan
algunos se destacan
todo es luz
no importa
es luz
en los cementerios
en los consistorios
en lo desdentado
en lo consultado
es la luz
Señora de impiedad
Señora de impropiedad

en algún momento lo azul, el jazmín, lo dulce, la música, los dibujos,
el afecto llegado
el ahora
los trabajos
fueron la sensación de algo mirando para aquí

ciego es el ángel porque nace en piedra
porque nace en la pena
porque nace
después de grandes noches
con el perro de Dios

algunos necesitan perder
algunos necesitan confusión

muchos recurren al cuenta pasos
convencen su memoria y actúan de implacables

algunos creen en el consuelo
algunos traen lo que se llevan
abandonan su cuervo al calendario

algunos son la nieve
algunos prefieren
otro piano
la contraseña
los contratos

está bien
las playas llegan al espíritu
muestran
la debilidad del fuego
está muy bien
y cuando descansamos
y cuando interpretamos
mantengamos la expectativa del infierno

algunos necesitan el descanso para cobrar la usura de lo extinto
algunos se confiesan con un juez ausente

muy pocos
muy pocos
todos los días
todos

arrojan el anillo o la corona
a esa eternidad que conocemos
más tarde que temprano

hay un orden y está en el cielo



Otros poemas de Alejandro Schmidt, aquí

Elena Anníbali



Cuando di el salto del tigre, ¿no deseaba yo el radioso azul, tocar
la carne de la cerradura, en la cerradura, e inacabable
el candor del cuerpo primitivo, el mono,
el lagarto? ¿No deseaba, yo, escuchar
el desplome de la garza cuando, en lo oscuro,
baja al río, y la sibilancia del pez, y su ir hacia el no?
¿Quería el no o el todo y yo horadando el todo con la palabra?
¿Sabía, presentía, acaso, que mi mano, mi lengua, iban al tope,
y que más allá, no hay, ya, lo dado, si no
un escurrimiento, el puro
ser de las cosas venciendo?
¿Atrapé algo más que el acuoso lirio del pensamiento,
una derrota, el escombro, el trapo, el herrumbre
de lo eterno?
¿Puse, entre mis manos, algo más que un diario mojado,
la imagen de la cosa retorcida en el tiempo, y en el espacio
la cosa, ambigua, ya yéndose, dejando de ser lo que era, en el
momento, también perdido, en que todo no era más eso?
El pliegue del yo, mas no el yo, tal vez
su carnadura, espejado el ser en el sucio vidrio de lo que,
corrompido, mutante, anda,
mirando las cosas ir y perderse, devenir
en lo que siendo, ya no es y no será?
El pliegue del yo, entonces, mirando el remolino
del todo irse, junto a sí, pero expectante, y deseoso de juntar
el palito de la eternidad, pidiendo
una verdad, aunque fugaz, en la casa
del viento?
¿Sed del remolino, sed del ser yo perdiéndose, entero?


¿Qué he ganado en el salto más que la caída?





Otros poemas de Elena Anníbali, aquí

Diego Bentivegna



Ma era l'Italia, / l'I,talia, / l'Italia, nuda e formicolante...
                                        (Pasolini, Poeta delle ceneri)





Allá, más abajo,
el pasto italiano prolifera, se disgrega,
sube insistente de la isla que arde
entre volcanes turbios:

se multiplica en los claros de los bosques
que se abren al cielo entre los Nébrodos.

Es el pasto que sube para el norte
por los valles que horadan la Calabria
o el Abruzzo, por las galerías apenínicas;
el pasto que roza casi la frontera
hacia el límite pequeñoburgués con Austria. 






Odorata ginestra / contenta dei deserti...
                                      (Leopardi)





Se recorta en el fondo, entre la espuma
y la sierra, el exterminador Vesubio:
padre terrible sentado entre las rocas, 
profeta formidable.

Mira el golfo africano abierto sobre Nápoles.
Mira Torre del Grecco y los retazos
de poblaciones blancas que cuelgan
de los cerros, casi acantilados.
Mira la espalda seca donde crece
a los tumbos la pálida ginestra,
la retama amarilla en la que estalla
la luz violenta, el sol mediterráneo.

Mira, está mirando
lo vegetal que asoma apenas entre las rocas.




Diego Bentivegna (1973, Munro, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "Las reliquias", 2013, Alción Editora

Imagen: fb de Diego Bentivegna

Reynaldo García Blanco



Mi mujer pide que le haga una fotos






Es sábado
estoy  harto de las músicas del vecino
de la televisión
y el hedor de las piedrecillas sanitarias del gato

Mi mujer pide que le haga unas fotos
cruza las piernas
mueve la cabeza y se despeina

Llovió en la tarde
el olor del pasto sube cuatro pisos
se arremolina y mueve los tapices

Me siento en el piso
busco el ángulo inesperado

Al fondo la pared blanca
y mi mujer ahí
como si octubre fuera eso
una mujer sentada
convertida en píxeles mientras allá afuera
los vecinos hacen la vida
otras fotos.




Hoy amanecí sin entusiasmo





No puedo con el hervor de la calle
ni Borges
ni Fran Chopra
ni Mao Se Tung
Dicen que es luna llena
que vendrá el equinoccio
que regresan los presidentes
Me detengo en la guía telefónica
en un manual de Hata Yoga
en los pasos peatonales
Soy un cero a la izquierda
un patriota sin aviso
una cerveza caliente
Hoy amanecí sin entusiasmo
como si tuviera gripe
o fuera un pelotero
que disfruta del hastío en terreno impropio. 





Reynaldo García Blanco (1962, Venegas, Cuba)

Jack Gilbert


En Umbría




Un día estaba en el café, sentado afuera,
mirando el crepúsculo en Umbría, cuando una niña
salió de la panadería con el pan que su madre le pidió.
No sabía qué hacer. Ya confundida
por tener trece años y justo aquel verano hacerse mujer,
ahora tenía que pasar por delante del americano.
Pero lo hizo muy bien. Pasó por delante y dobló la esquina
con gracia, sin prestarme atención. Casi perfecto.
En el último instante no pudo resistir
mirarse fugazmente sus pechos nuevos. Suelo recordar
aquella inclinación de su cabeza cuando la gente habla
de tal o cual de las grandes beldades.






Ir  ahí



Por supuesto fue un desastre.
El más preciado, insoportable secreto
ha sido siempre un desastre.
El peligro cuando tratamos de irnos.
Revisando más tarde, una y otra vez,
lo que debimos hacer
en lugar de lo que hicimos.
Pero en esos breves momentos
parecíamos vivos. Engañados,
maltratados, mentidos y traicionados,
seguramente. Sin embargo, por ese
corto tiempo, visitamos
nuestra vida posible.





Otros poemas de Jack Gilbert, aquí
Traducción: Gerardo Gambolini

Imagen: The Guardian

Robert Hass



Soneto





Un hombre habla con su ex mujer por teléfono.
Ha amado su voz y escucha con atención
cada modulación de su tono. Lo conoce
en la intimidad. No sabe qué quiere
de ese sonido, de su amable urbanidad.
Estudia, por la ventana, las formas de las semillas
de las vainas partidas de los árboles ornamentales.
La especie crece en todos los jardines, nadie sabe su nombre
salvo los horticultores. Cuatro recámaras con arcos
de verde pálido, diminutos arcos de un proscenio vegetal,
un par de encogidas semillas negras alojadas en cada recámara.
Una geometría de deseo, miniatura, india o persa,
amantes o dioses en sus habitaciones. Afuera, animales blancos,
pacientes, y vidas enredadas, y lluvia.





De: "Home movies", Zindo & Gafuri, 2016
Traducción de este poema: Liliana García Carril

Otros poemas de Robert Haas, aquí

Enlaces: 



Sonnet


A man talking to his ex-wife on the phone.
He has loved her voice and listens with attention
to every modulation of this tone. Knowing
it intimately. No knowing what he wants
from the sound of it, from the tendered civility.
He studies, out of the window, the seed shapes
of the broken pods of ornament trees.
The kind that grow in evereyone`s garden, that no one
but horticulturists can name. Four arched chambers
of pale green, tiny vegetal proscenium arches
a pair of black tapening seeds bedded in each chamber.
A wish geometry, miniature, Indian or Persian,
lovers or gods in their apartments. Outside, white,
patient animals, and tangled vines, and rain.




Imagen: poetryfoundation.org


Cesare Pavese



El vino triste





Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por añadidura. Tres sorbos
y retorna el deseo de imaginarse solo.
Se abre de par en par un fondo de zumbidos distantes,
todo se dispersa y haber nacido y contemplar la copa
constituye un milagro. El trabajo
(el hombre solo no puede dejar de pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir
para poder pensar en él. Después los ojos clavan
su mirada en el aire, dolientes, cual si estuviesen ciegos.

Si este hombre se alza de nuevo y va a acostarse a su casa,
parece un ciego que ha extraviado el camino. Cualquiera
puede salir de un rincón y machacarlo a golpes.
Puede salir una mujer y tenderse en la calle, 
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo
igual como gimió una mujer con él hace tiempo.
Pero este hombre no ve. Va a su casa a acostarse
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Al desnudar a este hombre, se encuentran miembros exhaustos
y pelo brutal, aquí y allá. ¿Quién diría
que por este hombre circulan venas tibias
en que hace tiempo quemaba la vida? Nadie creería
que una mujer hubiese acariciado, hace tiempo,
aquel cuerpo y besado aquel cuerpo, que tiembla,
y lo hubiese bañado con lágrimas, ahora que el hombre,
que ya ha llegado a su casa, no consigue dormir, pero gime.





El paraíso sobre los tejados





Será un día tranquilo, con una luz fría
como el sol que levanta o que muere, y el cristal
cerrará el aire sucio del cielo exterior.

Nos despertarán un día, de una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será tal la tibieza. Llenará la habitación,
por el gran ventanal, un cielo aún más grande.
Desde la escalera que se subió un día para siempre
no llegarán más voces ni más rostros muertos.

No será necesario abandonar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestirlo todo
de una tranquila claridad, casi como una luz.
Pondrá una sombra pálida sobre el rostro supino.
Los recuerdos serán como grumos de sombra
aplastados igual que vieja brasa
en el camino. El recuerdo será como una llama
que aun hasta ayer mordía los apagados ojos.




Otros poemas de Cesare Pavese, aquí
Enlaces: http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/cesare-pavese.1-1.pdf