Ignacio Uranga, un poema inédito

Fuente: Facebook



el cardio a 125 por minuto, sin nexos causales
aparentes con el THS explorado solo: lectores
luego específicos interprétanlo estrechamente
a lo sistémico nervioso vinculado, al plexo y
algo como alma arrugada por diversos duelos:
simulan duelos varios arrugando, triste el alma
hasta que danse miligramos a calmar... en píldoras 
inhibirán, habrán de inhibir lo triste en lo adentro:
un punto pretencioso que sutura, tan dulcemente
la facultativa joven, que mírame, amor, y veo: amor
hay en lo que veo cuando mírame la que faculta
y urde el punto sobre el tajo a unir las partes en que
fue tocado en lo sanguíneo un vaso: naturalmente
hemorragia a calmar, y más facultativos expectantes
del rojo en su fluir: tan sáfico tiémblame el cardio
en rayas dadas a leer: 115 la frecuencia en suba aun
tras prescriptas tomas de sustancias a estabilizar
el sáfico cardio, la facultativa escritura, los pálpitos
de límites que traspásanse: ha traspasado este cora-
zón el facultativo límite prescripto, aun tras propias
estipuladas tomas a calmar facultativas, pues búscase
calma, buscamos calmas que facúltennos ante la tala
de bellos avistajes coloridos y facultativos que léenos
en negro el cardio, técnico escrito en gramma erudita
y dícennos que lo sistémico, que el plexo, lo nervioso
afecciones afectando lo sistémico nervioso, el cardio
el plexo, y grammas tecnológicas dícennos que han
perfecto interpretado al corazón: no el THS en menor
dopaje fue el causal de nervios afectados en lo relativo
a lo sistémico central y aceleros pálpitos que lo soportable
exceden del que vive y pretende vida con el cardio intacto:
urde la ciencia palabras a calmar el pulso, aduce el número
alto es periférico pálpito en lo cardíaco incluso del que sábese
incansable buey y sin embargo niño aún: y grammas eruditas
dicen 130 el cardio e inducen directos agonistas en el centro
en lo central nervioso tristemente expuesto, pues sáfico tiembla
al punto el cardio, un sudor se expande como fuego bajo piel
y es miedo lo que hay, tal quien se halla a punto del apague
la voz se quiebra, íntegros tiémblanle lo psíquico, lo sárquico:
punta entre la sangre dulcemente la facultativa joven, cierra
naturalmente el tajo solo aproximado: no palabras, sólo ciencia:
continuó en su asedio el tajo, rojo fluir en su discurso lateral
abierto tajo por el que incluso agradecí el nuestro pan de cada día
el plato que abriome un tajo profundo hasta el vaso de lo sanguíneo:
informes de la ONU a la FAO a nivel mundial, un estudio presentado 
en la sede central de Roma: Graziano da Silva sostiene los insectos
son recurso desperdiciado: “Comer insectos” es la campaña de la ONU
la lucha contra el hambre en el mundo: 2.400 millones de personas-
un tercio de la población mundial- continuará en 2015 sin agua potable
informan UNICEF y OMS: doy gracias, Padre, hoy por esta hemorragia
por el violento plato, sí, que ábreme también los ojos, también el alma



Enlaces: Ignacio Uranga

Macky Corbalán



Ahora mismo, por ejemplo, estaría
donde llueve, o mejor donde el mar
se alza en bramidos sobre una costa
y estalla, contrariado por los límites.




8




Un único rayo de luz solar
hiende el pliegue brevísimo
de la cortina. Pone al descubierto
uno de los mundos invisibles: infinidad
de partículas desnudas incansables, 
bailarinas.

¿Cuántos mundos asesinados sin saberlo,
ahora y antes, antes y ahora y por siempre
bajo la indoblegable lógica de lo sólido?

Tomar en embeleso el cáliz de sangre que
nos está destinado, por purgar, ésta 
y aquella, culpas

La misma hendidura
en el amor. El mismo yerro.

Tiranías del cuerpo y su jauría.


Macky Corbalán (1963 / 2014, Cutral Có, Provincia de Neuquén, Argentina)
De: El acuerdo, Editora la mondanga dark, 2012

Clara Fernández Moreno

Fuente: intercuerpos.blogspot.com
Mujer que llora





ella llora con ojos anegados como esos patios por donde corren las grandes lluvias
o las paredes en que las tormentas resbalan
extendidamente el ancho de una mano sobre su nivel

sus pestañas son breves aleros donde el agua se acumula resbala sobre las mejillas
toma la forma de la cara cubre cada pliegue
baja sobre los labios
entre los labios y el mentón
hasta llegar al encuentro de garganta y nuca

está impregnada entre las ropas
las frentes de otros apoyadas en las suyas no la calman
una voz cálida la desata
moja con lágrimas plomizas un pañuelo calado llora ávidamente
estirando sus pelos enjuta y apagada con duelo
con lujuria

es que su llanto empieza en los tobillos sube por las caderas








Ensueño





Desde ahora
el tiempo me adormecerá me dejaste el relámpago
el bauprés de la tempestad una bahía donde el sol no cae detuviste el tiempo
el zarpazo del día mi amado


dulce como las frutas bosque oscuro y brillante veloz y furtivo rayo nocturno


Clara Fernández Moreno 
De: "El día de la vida", Ediciones del Dock, 2012



Valeria Cervero lee a Teresa Arijón

Fuente:www.festivaldepoesia.com.ar




En el fondo de un pozo
cuya boca ha sido tapada desde afuera
sin un resquicio que permita la entrada de la luz
un hombre, solo, con una botella de agua.
Debe meditar, si puede, sobre la impermanencia de las cosas
pero en cambio elige adivinarse las uñas de los pies.
Ha fracasado en todo: ni el amor,
ni la pura poesía en estado salvaje,
ni el ideal paupérrimo de una vida dedicada al arte.
Tiene cuarenta años y no puede mirar hacia adelante,
tampoco hacia atrás. (El pasado
es una cortina de humo sobre todas las cosas;
su sola noción opaca los usos del presente,
en cierto modo lo desanda.)
En el fondo del pozo, el hombre,
que es chino y está a punto de morir pero no (y él lo sabe),
imagina que enciende un fósforo;
siente en la yema de los dedos la aspereza
de la pólvora: el fulgor repentino que lo fascinó en su infancia
es ahora, en el pozo, un sueño sin dimensión.
(Un fantasma sin cara, él mismo sin su aspecto.)
En el fondo del pozo el hombre podría ser cualquiera,
sumirse en la historia colectiva como quien cava una fosa común.
Ser víctima o verdugo: ha perdido los límites. Desconoce
el peso permanente que arrastra sobre sí.
Él quisiera dejarse deslizar por la vía más fácil:
hacer de sus sentidos afilados un aquí y un ahora.
Pero sólo conoce aquello que lo espera: el hambre, la sed.
Como un monje suicida o destinado a la automomificación,
el hombre –que antes tuvo una esposa, a la que amaba–
querría tener ahora, en el pozo, una campana.
Una campana de tañido minúsculo para anunciar que todavía sigue vivo.
En sus horas de miedo dice palabras sueltas, destajos de un poema
que no sabe o no quiere recordar. Pasa la yema del pulgar por los labios resecos.
Supone que sería más fácil dejar de respirar.
En el fondo del pozo el hombre quisiera ser juez de su propia vida
e inclinar el platillo hacia el lado de los inocentes,
los que sin más que su paciencia resignada esperan
las tramas infinitas.
Pero sabe que de algún modo es culpable
de estar allí sentado, solo,
en la extrema oscuridad.




Valeria Cervero: 1972, Buenos Aires, Argentina. Publicó "Cadencias", 2011; "Escondidas", libro-álbum ilustrado por Vivi Chaves, Ediciones del Eclipse, 2013; "El agujero negro de lo dicho" (plaqueta), Colección Semilla, en prensa. Edita el blog "mordiscos" (www.vc-mordiscos.blogspot.com).

Mercedes Roffé

Foto: Estela Fares

...por la ventana entra una revelación
                                                                                             Remedios Varo


El encuentro
                                            

                            
si  me esperas
                            te diré
quién eres

                            ábreme

no estoy del todo
                            muerta


soy tú






Cazadora de astros
                                                                                                                 


me doblo                soy mi doble

soy lo doble de mí    mi fuego
             

a la caza de lunas

se me escapa la noche

 el terror       —esa urgencia—

me condena a lo insomne     
   
a lo blanco       mudo         sordo de mí







Rompiendo el círculo vicioso




Mi sino
llevar en el alma un bosque
blanco, estéril

en los ojos, la nada

y en las manos, el aro que me ahorque


un nido en la cabeza me conmina
a nacer de mí


un cuervo, mientras tanto
espera que amanezca
que se rompa el hechizo que conjugan
su mirada y la mía






La llamada
                                                                                                              


voy
encendida en mi propio miedo

fuego soy
no importa lo que acecha





Nacer de nuevo                                  
      

                                                         
con los pechos
                   con  los ojos

me beberé esa luna     

insomne

ese espejo de luna
                   en el grial


Mercedes Roffé (1954, Buenos Aires, Argentina)
Cinco Poemas para Remedios Varo del libro "La ópera fantasma" (España/México, Vaso Roto, 2012)



Sor Juana Inés de la Cruz

Fuente: www.cuentosyfabulas.com.ar
Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión






Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido:

es un vano artificio del cuidado;
es una flor al viento delicada;
es un resguardo inútil para el hado;

es una necia diligencia errada;
es un afán caduco, y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.


Juana Inés de Asbaje /Sor Juana Inés de la Cruz (1648-51, San Miguel de Neplanta / 1695, Ciudad de Méjico, Méjico)



Marina Kohon traduce a Louise Glück

Fuente: payingattentiontothesky.com

Un jardín de verano






Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre
sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo.
El sol brillaba. Los perros
estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también,
calmo y estático como en todas las fotografías.
Saqué el polvillo del rostro de mi madre.
Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente
confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia.
En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos.
El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron.
Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras.
El verano llegó. Los niños
se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras
se fundían con los sombras de las rosas.
Una palabra vino a mi cabeza, nombrando
este movimiento y cambio, estos borrones
que ahora eran obvios-
Aparecía y rápidamente desaparecía.
¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?
El verano llegó, luego el otoño. Las hojas cambiando,
los niños, puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.





2





Cuando me recuperé un poco de esos acontecimientos,
coloqué la foto como la había encontrado
entre las páginas de un antiguo libro,
muchas de sus partes habían sido escritas
en los márgenes, algunas veces en palabras, pero más a menudo
en vivaces preguntas y exclamaciones
que significaban “estoy de acuerdo” o “me siento inseguro, confundido-”,
La tinta se desvanecía. Aquí y allá no podía decir
qué pensamientos le venían al lector
pero a través de las manchas como moretones podía sentir
la urgencia, como si hubieran caído lágrimas.
Tomé el libro por un tiempo
era Muerte en Venecia (traducido)
Había anotado la página en caso de que, como creía Freud,
nada fuera un accidente.
Así la pequeña fotografía
fue enterrada otra vez, como el pasado es enterrado en el futuro.
En el margen había dos palabras,
unidas por una flecha: “esterilidad” y más abajo “olvido”-
“y a él le pareció que el pálido y adorable
convocante allí afuera, le sonreía y llamaba con un gesto”





3





Qué quieto está el jardín.
Ninguna brisa ondula el cerezo silvestre;
el verano ha llegado.
Qué quieto está
ahora que la vida ha triunfado. Las rústicas
columnas de los sicomoros
soportan los inmóviles
estantes de follaje,
el césped debajo
frondoso, iridiscente-
Y en el medio del cielo,
el dios presuntuoso.
Las cosas son, él dice. Son, no cambian;
la respuesta no cambia.
Qué silencioso está, tanto el escenario
como el público, el respirar
parece una intromisión.
Él debe estar muy cerca;
no hay sombras en el pasto.
Qué quieto está, qué silencioso,
como una tarde en Pompei.





4





Beatrice llevó a los niños al parque en Cedarhurst.
El sol brillaba. Aviones
pasaban una y otra vez por encima, pacíficos, porque la guerra había terminado.
Era el mundo de su imaginación;
lo verdadero o falso no tenía importancia.
Recién lustrado y brillante-
así era el mundo. El polvillo
no había irrumpido aún sobre la superficie de las cosas.
Los aviones pasaban, una y otra vez, con rumbo
a Roma y a París- no podías llegar allí
a menos que volaras por sobre el parque. Todo
debe atravesarlo, nada puede detenerse-
Los chicos se daban las manos, se inclinaban
para oler las rosas.
Tenían cinco y siete años.
Infinito, infinito-esa
era su percepción del tiempo.
Ella se sentó en un banco, un poco escondida entre los robles.
A lo lejos, el miedo se aproximaba y partía;
de la estación de trenes venía su sonido.
El cielo era rosa y naranja, más viejo porque el día había terminado.
No había viento. El día
proyectaba sombras de roble sobre el pasto verde.





Louise Glück (1943, New York, Estado Unidos de Norteamérica)

Traducción: Marina Kohon


A Summer Garden


BY LOUISE GLÜCK


1
Several weeks ago I discovered a photograph of my mother
sitting in the sun, her face flushed as with achievement or triumph.
The sun was shining. The dogs
were sleeping at her feet where time was also sleeping,
calm and unmoving as in all photographs.
I wiped the dust from my mother’s face.
Indeed, dust covered everything; it seemed to me the persistent
haze of nostalgia that protects all relics of childhood.
In the background, an assortment of park furniture, trees and shrubbery.
The sun moved lower in the sky, the shadows lengthened and darkened.
The more dust I removed, the more these shadows grew.
Summer arrived. The children
leaned over the rose border, their shadows
merging with the shadows of the roses.
A word came into my head, referring
to this shifting and changing, these erasures
that were now obvious—
it appeared, and as quickly vanished.
Was it blindness or darkness, peril, confusion?
Summer arrived, then autumn. The leaves turning,
the children bright spots in a mash of bronze and sienna.
2
When I had recovered somewhat from these events,
I replaced the photograph as I had found it
between the pages of an ancient paperback,
many parts of which had been
annotated in the margins, sometimes in words but more often
in spirited questions and exclamations
meaning “I agree” or “I’m unsure, puzzled—”
The ink was faded. Here and there I couldn’t tell
what thoughts occurred to the reader
but through the bruise-like blotches I could sense
urgency, as though tears had fallen.
I held the book awhile.
It was Death in Venice (in translation);
I had noted the page in case, as Freud believed,
nothing is an accident.
Thus the little photograph
was buried again, as the past is buried in the future.
In the margin there were two words,
linked by an arrow: “sterility” and, down the page, “oblivion”—
“And it seemed to him the pale and lovely
summoner out there smiled at him and beckoned...”
3
How quiet the garden is;
no breeze ruffles the Cornelian cherry.
Summer has come.
How quiet it is
now that life has triumphed. The rough
pillars of the sycamores
support the immobile
shelves of the foliage,
the lawn beneath
lush, iridescent—
And in the middle of the sky,
the immodest god.
Things are, he says. They are, they do not change;
response does not change.
How hushed it is, the stage
as well as the audience; it seems
breathing is an intrusion.
He must be very close,
the grass is shadowless.
How quiet it is, how silent,
like an afternoon in Pompeii.
4
Beatrice took the children to the park in Cedarhurst.
The sun was shining. Airplanes
passed back and forth overhead, peaceful because the war was over.
It was the world of her imagination:
true and false were of no importance.
Freshly polished and glittering—
that was the world. Dust
had not yet erupted on the surface of things.
The planes passed back and forth, bound
for Rome and Paris—you couldn’t get there
unless you flew over the park. Everything
must pass through, nothing can stop—
The children held hands, leaning
to smell the roses.
They were five and seven.
Infinite, infinite—that
was her perception of time.
She sat on a bench, somewhat hidden by oak trees.
Far away, fear approached and departed;
from the train station came the sound it made.
The sky was pink and orange, older because the day was over.
There was no wind. The summer day
cast oak-shaped shadows on the green grass.


Source: Poetry (January 2012).

Catalina Boccardo lee a Carlos Drummond de Andrade


Mundo grande 





No, mi corazón no es mayor que el mundo.
Es mucho menor.
En él no caben ni mis dolores.
Por eso me gusta contarme.
Por eso me desnudo,
por eso me grito,
por eso frecuento los periódicos, me expongo
            crudamente en las librerías:
necesito de todos.
Sí, mi corazón es muy pequeño.
Sólo ahora veo que en él no caben los hombres.
Los hombres están aquí afuera, están en la calle.
La calle es enorme. Mayor, mucho mayor de lo que esperaba.
Pero tampoco en la calle caben todos los hombres.
La calle es menor que el mundo.
El mundo es grande.
Tú sabes qué grande es el mundo.
Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y
           algodón.
Viste los diferentes colores de los hombres,
los diferentes dolores de los hombres,
sabes qué difícil es sufrir todo eso, amontonar todo eso
en un solo pecho de hombre... sin que estalle.
Cierra los ojos y olvida.
Escucha el agua en los vidrios,
tan calma. No anuncia nada.
Mientras se escurre en las manos,
¡tan calma!, lo va inundando todo...
¿Renacerán las ciudades sumergidas?
Los hombres sumergidos —¿volverán?
Mi corazón no sabe.
Estúpido, ridículo y frágil es mi corazón.
Sólo ahora descubro
qué triste es ignorar ciertas cosas.
(En la soledad del individuo
olvidé el lenguaje
con que los hombres se comunican.)
Antaño escuché a los ángeles,
las sonatas, los poemas, las confesiones patéticas.
Nunca escuché voces de gente.
En verdad soy muy pobre.
Antaño viajé
por países imaginarios, fáciles de habitar,
islas sin problemas, no obstante agotadoras y convocando al
        suicidio.
Mis amigos partieron a las islas.
Las islas pierden al hombre.
Entretanto algunos se salvaron y
        trajeron la noticia
de que el mundo, el mundo grande está creciendo todos los días,
entre el fuego y el amor.
Entonces, mi corazón también puede crecer.
Entre el amor y el fuego,
entre la vida y el fuego,
mi corazón crece diez metros y estalla.
—¡Oh vida futura!, nosotros te crearemos.





De: Sentimento do mundo, 1940
Traducción de Rodolfo Alonso










Enlaces relacionados con Drummond de Andrade: 


Catalina Boccardo: 1961, Buenos Aires. Publicó "El jardín santo", Ediciones  en Danza, 2011 y "Territorios", Editorial del Dock, 2012. Tiene inéditos dos libros "Laguna naineck" y "Bailar". Edita el blog "Intercuerpos" en www.intercuerpos.blogspot y www.adestiempolanada.blogspot.com


Enlaces relacionados con Catalina Boccardo:



Circe Maia


Fuente: www.yotube.com

El ruido del mar




Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada...

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.





Circe Maia (1932, Montevideo, Uruguay)


Moya Cannon


Manos



Para Eamonn y Kathleen



Fue en algún lugar sobre la costa noreste de Brasil,
sobre Fortaleza, una ciudad de la que nada sé,
salvo que está llena de gente
cuyas vidas son un misterio
mayor que el río Amazonas;

fue ahí, mientras el avioncito del monitor de vuelo
se desplazaba al ecuador
y viraba al este hacia Marruecos,
cuando empecé de nuevo a pensar en las manos,
en lo extraño que es que nuestras vidas
–la vida de la francesita pelirroja a mi izquierda,
la vida del niño argentino a mi derecha,
mi vida y las vidas de todos los pasajeros dormidos
que están siendo rápidamente transportados en la oscuridad
sobre el oscurecido Atlántico–,
todas esas vidas ahora estuvieran siendo sujetadas
por las manos del piloto,
y pienso en otras manos que pueden sostener nuestras vidas,
las manos del cirujano
a quien tendré que volver a ver cuando llegue a casa,
las manos de la inteligente enfermera de cabello negro
que desenrolló de mi cuello el cordón umbilical,
las suaves manos de mi madre,
las manos de esos otros
que me quisieron
hasta que parece casi
como si esto fuera lo que es la vida humana:
ser pasado de mano en mano,
ser, improbablemente, llevado sobre un océano.





Moya Cannon (1956, Dunfanaghy, Irlanda)
Traducción: Jorge Fonderbrider

Imagen: www.centrecultureirlandais.com


Hands


 For Eamonn and Kathleen


It was somewhere over the north eastern coast of Brazil,
over Fortaleza, a city of which I know nothing,
except that it is full of people
the life of each one a mystery
greater than the Amazon river,
it was there, as the toy plane on the flight monitor
moved over the equator
and veered east towards Marrakech,
that I started to think again of hands,


of how strange it is that our lives –
the life of the red-haired French girl to my left,
the life of the Argentinean boy to my right,
my life, and the lives of all the dozing passengers,
who are being carried fast in the dark
over the darkened Atlantic-
all of these lives are now being held
in the hands of the pilot,
in the consciousness of the pilot,
and I think of other hands which can hold our lives,
the hands of the surgeon
whom I must meet again when I return home,
the hands of the intelligent, black-haired nurse
who unwound the birth-cord from my neck,
the soft hands of my mother,
the hands of  those others
who have loved me,
until it seems almost
as though this is what a human life is,
to be passed from hand to hand,
to be borne up, improbably, over an ocean.

Enlaces: Eterna Cadencia