Santiago Kovadloff



Externo



Puedo ser a veces, pura exterioridad.
De pie en oficinas donde tramito mis cosas
o atento a que me llamen,
con un número en la mano,
en bancos, casas de cambio,
en la cola
de los que adeudan la luz,
no leo, no pienso, no recuerdo,
ni siquiera miro a los que me rodean.

Aprendí a aguardar mi turno
sin buscar amparo en nada.
Nunca estuve en tantos sitios 
tan desnudo como ahora;
nunca tan entero en una fila
entregado sin más 
a la espera con que espero,
gestos, músculos, sudores solamente, 
libre al fin de mí, sin más allá,
externo, desasido,
absorto en esa mansa
inconsistencia del instante. 

Santiago Kovadloff (1942, Buenos Aires, Argentina)
Fuente: Facebook
Imagen: www.slunk.net


Dimitris Angelis, ver­sión y nota de Vir­ginia López Recio


El extenso poema que, junto al poeta Pedro Mateo, tra­duci­mos a con­tin­uación con­sti­tuye la primera parte de Con­fir­mando la noche (2011), último poe­mario del escritor griego Dim­itris Angelís. “1989”, título que lo encabeza, se refiere al poeta griego Yan­nis Rit­sos (1909–1990) y la con­mo­ción que sufrió al enter­arse de la caída del Muro de Berlín. “Tenía con­tin­u­a­mente encen­dida la tele­visión, seguía con obsesión las noti­cias, no podía creerlo”, comentó su sec­re­taria a Dim­itris Angelís al adver­tir éste, mien­tras anal­iz­aba su obra, la caída cor­po­ral y psíquica de Rit­sos aquel año.
Por otra parte, encon­tramos en el poema muchas ref­er­en­cias indi­rec­tas a la vida de Rit­sos: Kap­sa­lona y Ai Yanni eran los sana­to­rios donde estaba hos­pi­tal­izado para su tratamiento de tuber­cu­lo­sis y donde cono­ció las ideas marx­is­tas; y los ver­sos: “los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio”, están saca­dos de su libro La mon­stru­osa obra de arte. Todo esto se com­bina con frases de la Bib­lia (y allí habían lle­gado a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas; su morada con­viér­tase en desierto) y tam­bién –con inten­ción de recrear el ambi­ente de aque­lla época–, con esce­nas de cine (la famosa de la escalera de Odesa del Acorazado Potemkin de S. Eisen­stein, el telé­fono del psiquiátrico de la película Stalker de A. Tarkovski, las casas que se quedan con la luna como “dec­o­ra­dos de cine”, etc.), e his­to­rias de la caída del Muro (como la de Ros­tropóvich quien, al enter­arse de la noti­cia, cogió el primer vuelo para ir a Berlín y tocar su chelo frente al Muro).
Con esta mate­ria surgió el esqueleto del poema, cuyo título primero fue “Rit­sos frente al tele­vi­sor” y su tema: cómo un poeta-ideólogo ve el mundo y sus sím­bo­los (el mar­tillo oxi­dado por la hoz y el mar­tillo, la mul­ti­copista para las con­vo­ca­to­rias ile­gales, los estandartes, etc.); cómo aque­llo a lo que había servido durante toda una vida –incluso tam­bién “en cam­pa­men­tos flotantes”, en alusión al exilio– se desmoronaba.
Aunque está claro que lo que cae es un sis­tema total­i­tario e inhu­mano (Siberia, el psiquiátrico, el par­tido en todas partes), pese a que el poeta era cono­ce­dor de lo que regía tras el lla­mado “telón de acero” (“lo sabía pero no hacía nada, yo lo sabía”), el objeto del poema no es humil­lar al anciano poeta, sino mostrar su frus­tración y soledad, dis­crim­i­nar el mundo entero que fes­teja al ideól­ogo soli­tario que llora y, ante todo, señalar que el hecho de la fe –inde­pen­di­en­te­mente si aque­llo en lo que creemos resulta una alu­ci­nación, una men­tira o, aún peor, una men­tira homi­cida– es lo que salva la inte­gri­dad del hom­bre, pro­fun­diza su memo­ria y con­fiere esen­cia a su existencia.
Por eso, el poeta con­fiesa al final de su poema que “la única rev­olu­ción que existe es el Otro”. Prom­ete regre­sar, aunque mien­tras tanto se pierde den­tro de un tele­vi­sor: la real­i­dad icónica reem­plaza la vida, el mundo utópico de la ide­ología es susti­tu­ido por el mundo improce­dente y de fal­sas ilu­siones del con­sum­ismo. En el nuevo medievo, cuyo comienzo marca el final de la fe (1989) –y no solo de la política, sino de cada tipo de fe–, no hay ya ries­gos morales, por eso “la manta de cuadros en el suelo” resulta “una tabla de aje­drez vacía”. Posi­ble­mente, tam­poco antes existieran tales ries­gos, pero sí el debate y el con­flicto en torno a ello. Ahora ten­emos que esperar la nueva “pri­mav­era del cuerpo”, frase de Mar­cus Min­u­cius Felix que deja abierta al final del poema la per­spec­tiva de la esper­anza, ya que el poeta entra en el mundo de la tele­visión prome­tiendo que va a regre­sar. Hasta entonces…





1989




Aquel invierno, en la misma Roma y sus alrede­dores ocur­rieron muchas cosas sobre­nat­u­rales: un niño de seis meses, nacido de padres libres, gritó “¡Vic­to­ria!” en el mer­cado de ver­duras; un buey se había subido a la ter­cera planta de un edi­fi­cio en la zona del mer­cado y, entonces, espan­tado por el alboroto de los veci­nos, se lanzó al vacío; en Lanu­vio un cuervo revoloteó en el tem­plo de Juno y se posó sobre su lecho; y en Piceno había caído una llu­via de piedras…
Tito Livio, xxi, 62.




el tele­vi­sor siem­pre encendido
como altar fúne­bre insta­l­ado en la habitación hace años –un fuego
que no calienta, solo alumbra
tenue­mente
hasta los dos sil­lones y más allá la mesa sin recoger aún con las
miga­jas,
y un mon­tón de sobras (pues fal­ta­mos años) –más atrás se extiende

densa e insidiosa oscuridad
de chirri­dos llena y un eco per­ma­nente de gri­tos ahoga­dos allí donde dejó su huella la memoria
al hablar de salas en sana­to­rios públi­cos, Kap­sa­lona y Ai Yanni,
graneros de ensueño, fábri­cas con los pul­mones de alquitrán, deporta­ciones a paisajes helados,
al hablar de la mul­ti­tud que espan­tada bajó las escaleras man­i­fe­s­tando su amor y no las volvió a subir,
del ansia nues­tra para ado­rar a dioses venidos abajo, idén­ti­cos a nues­tras tristes existencias

anun­cios

helada quedó la pan­talla, helado el piso
como si alguien hubiera dejado la puerta de la morgue abierta
y esa rendija se con­vir­tió en un muro que cae
y tre­scien­tos mil hom­bres se escapan sin demora de la historia
lle­vando velas encen­di­das como si volvieran del ofi­cio de Resurrección
vesti­dos de baratillo, con jer­seys apo­lil­la­dos, arras­trando male­tas preparadas aprisa, la jaula con el canario muerto piensan
en avenidas de Siberia con soli­tarias gaso­lin­eras al alba, frío y abed­ules ensangrentados,
en el sonido del telé­fono retum­bando en las pare­des de cemento
del psiquiátrico, nadie lo cogió y se quedaron con la duda
de si los estaba bus­cando Stavroguin– piensan
en ciclis­tas del par­tido pasando bajo las ven­tanas del par­tido con los rojísi­mos geran­ios del partido
en decap­i­tadas igle­sias con sus cam­paneros inconsolables
en procla­mas por la radio, sovi­ets invic­tos, para afeitar a Stalin
y en el viento peren­nemente arras­trando per­iódi­cos del 36 en un
camino de tierra–como entonces

dijo el anciano des­per­tando del letargo (que allí habían ido a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas)
recogió del suelo la manta, se la echó sobre las pier­nas, tenía frío
igual que entonces”, un cuerpo desem­bar­cado pudriéndose
en cam­pa­men­tos flotantes, colum­nas inacabables y faji­nas junto a las alambradas
todos ellos estarán ahora deci­di­da­mente muer­tos en una probable
San Peters­burgo, hasta hace dos horas Leningrado, si lo hubieran sabido
si Pedro, Juan, Elías lo hubieran sabido entonces
no pasaríamos hoy lista a los enter­radores, tam­poco con­taríamos pro­fe­tas remunerados
se enciende y apaga la memo­ria, sube y baja vaguadas, se defiende
y en la fotografía estás tú son­riendo con toda la familia del zar,
detrás y al fondo
los pavor­reales
(quédese su man­sión deshabitada)
que a nosotros nos heredarán
otras aves
más humildes

power off
en lugar de pedir perdón

se oscure­ció la habitación con­fir­mán­dose la noche que lo posee
en vez de expe­ri­en­cia indis­ci­plinada vejez, en vez de sabiduría esas repeti­das ofus­ca­ciones de su soledad
de donde a menudo aflo­ran con toda su fab­u­losa vaguedad
las antaño para él sagradas Babilo­nias –en ellas vio
los estandartes de las bar­ri­cadas de mayo arrum­ba­dos con­tra la pared, hasta sus som­bras se habían desteñido
consignas pin­tadas sobre otras consignas en muros ree­scritos que parece los mantienen en pie solo las letras y por eso con la luna llena se quedan los edi­fi­cios en meras fachadas como dec­o­ra­dos de cine– asimismo vio
en los rudi­men­ta­r­ios patios ten­di­das en el alam­bre para secarse las camisas ensan­grentadas iguales a pieles de animales
y entre las orti­gas en la basura: un mar­tillo oxi­dado, la mul­ti­copista y como un cacharro viejo
la palan­gana plateada de las purifi­ca­ciones donde dicen que una vez tam­bién Pilatos se lavó las manos
y si en la His­to­ria ha quedado su nom­bre se debe a ella
que rel­e­gada ahora espera por las tardes a los niños
para ser en sus manos aunque sólo sea un pequeño cím­balo estri­dente, y de nuevo se oiga su voz
yo sabía y no hice nada, yo lo sabía”, pal­abras ver­te­brales de una ali­maña desconocida
cuya espina dor­sal mas­cul­lan los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio
y al mismo tiempo que la noche cubierta de ven­da­jes lo va envolviendo con sus enfer­medades, él

echa a cor­rer por senderos engañosos, por­tando con ansiedad la antor­cha para encen­der la televisión
y se vayan los drag­ones de esca­mas vis­cosas, que se vayan
porque en ningún momento fueron del todo impar­ciales con él

tele­visión

fuera, tras la ven­tana cae rodando la cabeza cor­tada de la luna, dentro
la habitación hasta arriba cubierta con hojas de tabaco y el muro
cayendo a cámara lenta una y otra vez, oh noche dis­paratada cómo es que te has quedado sin pasado y tus gentes
bailan, se abrazan, en sus bol­sil­los y en bol­sas de plás­tico meten piedras y cas­cotes como recuerdo
el impe­rio se desmorona
“todo cae al final” fue lo que dijo volviendo a coger la manta del suelo
la cuestión es quién coge las llaves”, los otros
hacen ondear impro­visadas ban­deras, cuel­gan grandes sábanas
blan­cas en los bal­cones, se pre­gun­tan qué dirá mañana el
Pravda
encien­den hogueras rit­uales, escuchan a Ros­tropóvich y se enam­oran, al mismo tiempo
que un sol­dado novato con los ojos enro­je­ci­dos grita “deser­tores” –“¿se dirige usted
a mí, señor?” y apri­eta los puños con ira

anun­cios

hay un malen­ten­dido”, volvió a pen­sarlo, “yo soy en realidad
de otra época y un enam­orado de balas,
de llu­vias tóx­i­cas, de sepul­turas de héroes, y sin embargo
la única rev­olu­ción que existe es el Otro. Esper­e­mos un poco más y llegará
la pri­mav­era del cuerpo. Entonces,
volveré”.

Avanzó tac­i­turno den­tro de la pan­talla, un bosque los anun­cios, las series, los pro­gra­mas, tomó por la emp­inada senda,
en un paisaje inver­nal sem­brado de impro­visadas tum­bas alguien cav­aba con sus manos la tierra pero a él no lo vio
invis­i­ble siguió avan­zando entre los ausentes dejándole
al viento el encargo de repe­tir susurrando su testamento:
expectan­dum nobis etian cor­poris ver est, expectan­dum

Y la manta de cuadros en el suelo, un tablero de aje­drez vacío.





Dimitris Angelis (1973, Atenas, Grecia)
Fuente: www.revistacritica.com

Imagen: www.festivalpoesiagranada.com

Carlos Germán Belli

















No despilfarrarlo




Y en adelante como nunca ayer
ser absoluto dueño del gran tiempo,
que es exclusivamente para usarlo
en cosas entrañables por entero,
y con tal razón no despilfarrarlo
ni un instante de la futura vida,
que aunque fuera infinito y espacioso
en el seno del mundo terrenal,
no hay que dejarlo torpemente caer
en la boca de lobo de la nada,
que sólo con el paso de los años
los ojos del espíritu descubren
desde acá el más allá desconocido,
porque en alas del rápido minuto
se puede ir muy imperceptiblemente
a los reinos del cielo o del infierno.





Carlos Germán Belli (1927, Lima, Perú)

Imagen:  www.transtierros.blogspot.com

Volvío la luz



A veces, contagiamos al mundo, y se apaga.



Selva Casal

III





Estos fueron los días sobre la tierra.
Nuestros días.
Cuando éramos tan pequeños como sombras de sueños.
¿Es cierto que vivíamos al borde de las cosas
sin jamás descubrirlas
y que las tardes se arracimaban dulces
en el umbral de la casa?
Y que había fechas para sonreír, para llorar.
Y yo no estaba nunca
porque siempre era tarde, porque siempre era ayer.



Selva Casal (1930, Montevideo, Uruguay)
De: “Días sobre la tierra”

Fuente: www.revistaombligo.com




Señalador




Edwin Miur / Jordi Doce



Entonces esa noche
al final del verano los extraños caballos regresaron.
Oímos un lejano retumbar en el camino,
un traqueteo cada vez más violento; se detuvo, luego empezó de nuevo
y al doblar el recodo se transformó en un clamor vacío.
Cuando vimos las cabezas
como una gran ola salvaje tuvimos miedo.

Habíamos vendido los caballos en época de nuestros padres...






Imagen: www.orkneycomunities.co.uk





Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.



Pablo Anadón: una anotación



Anoche me quedé sentado en el patio de ladrillos, fumando y tomando en silencio y observando, sobre la línea de los techos y los tanques de agua, la luna llena. Fui siguiendo su lentísimo ascenso. En un tiempo, estando lejos, cada uno en su ciudad, sabíamos que el otro la miraba y eso calmaba un poco la melancolía de la ausencia. Parece una tontería, seguramente lo es, pero era una tontería, al fin de cuentas, hermosa, y eficaz como remedio para la nostalgia. Lo mismo hacían mis abuelos, según me cuentan, pero con una estrella, que los dos miraban a una misma hora convenida. Recordaba esto y pensaba que no hay caso, contra toda artimaña, siempre llega la noche en que la luna ya no es más que la luna, o cuanto más esa vieja metáfora de la poesía persa, que recordaba Borges: “cristal de soledad”, “espejo del pasado”. Así me adormecí y me desperté a las cinco de la mañana, con la cabeza todavía levantada, el cuello dolorido y la luna desaparecida detrás de la tapia.


A partir de los comentarios en Facebook que coinciden en señalar que el texto de arriba, de alguna manera, es un poema camuflado en una nota, Pablo Anadón sugiere aclarar su procedencia, "que no pretendía ser un poema, sino sólo una anotación en prosa vil"  

Imagen:  Facebook


Henri Cole

Delfines





Los delfines parecen felices —tumbados sobre su espalda,
mostrando su reluciente dorso— mientras la entrenadora
acaricia sus carrillos y hace que chillen enérgicamente.
Cuando se hace la muerta, ellos la empujan con sus hocicos.
como a través de un cielo Tiepolo, y los niños gritan alegremente,
destrozando mis sentidos.
                                           Recientemente, entre las cosas de Madre, encontré esto:
“Tengo miedo de él. Necesita atención psiquiátrica. Me incita
a creer cosas extrañas. Me ignora, me  ataca.
Muy tacaño. Quiere saber las condiciones de mi seguro”.
Aquí, en medio del revoltijo, la fidelidad y el amor no han sido
sustituidos por problemas y conflictos. ¿Qué protege
a los delfines de la angustiosa soledad? ¿Por qué sus almas
no son conscientes de su insignificancia? Qué lejos
parecen del mundo moderno. La belleza permanece inalterable.





Henri Cole (1956, Fukuokoa, Japón)
Versión de Carlos Alcorta

Fuente: carlosalcorta.wordpress.com
Imagen: www.bu.edu

Envio de Ven Dimias



Julien Green: "Diarios 1946-1949"

1946




14 de enero. Un diario es una larga carta que el autor se escribe a sí mismo, lo más sor­pren­dente es que se da a sí mismo sus propias noticias.
8 de febrero. Traduje un poema breve de Donne, otro de Her­bert y un ter­cero de Hop­kins. Releí una parte de mi Mal­fai­teur lamen­tán­dome de no haberlo pub­li­cado jamás; hay un capí­tulo en ese libro que aún me parece bueno.
26 de febrero. Ayer en la noche, un poco antes de acostarme, saqué de mi secreter un sobre lleno de pape­les a los que me había afer­rado a un grado ape­nas con­ce­bible si lo con­tase. Sabía bien lo que quería hacer, pero durante un buen cuarto de hora me quedé cerca de la est­ufa con el sobre en las rodil­las. Por fin, abrí la est­ufa y lo deslicé al fuego.
22 de mayo. Visita a Gide. Me recibió como de cos­tum­bre en su bib­lioteca, en un rincón cerca de la ven­tana, sen­tado en la pequeña mesa de madera pul­ida. Su crá­neo está a medias cubierto por la boina negra a la que es afecto. Me habló de su viaje a Egipto y a Líbano… Un poco después llegó Jef Last, un mucha­cho alto, holandés, de ojos claros. Hablamos de Brown­ing, quien les gusta a los dos, y de la forma en que yo pro­nun­cio el nom­bre de Hop­kins, me sor­prendió que no lo

Edel Morales



En la línea verde





Leyendo a Baudrillard en la línea verde del Metro
entendí por un instante, en toda su ironía,
aquello de que el objeto y el sujeto son lo             
      mismo.
Es la verdad de este mundo:
el asesino y la víctima,
el origen que se dilata y estalla,
el destino que se contrae y estalla.
Una dualidad de mirada y reflejo
que el devenir resuelve
en la incertidumbre de la huella en la Nada.
Acogidos por la transparencia
los pueblos del espejo entraban y salían a sus anchas
en el espacio-tiempo de los vagones silenciosos,
con toda su alteridad a cuestas:
eran ellos mismos y distintos,
una misma persona,
en último término, en última instancia:
la certeza imposible de lo Uno.
O quizás no llegué a entenderlo del todo
y fue solo una ilusión,
apenas un instante, lo he dicho:
la pasión de la ilusión que se muestra y huye,
sacudiendo el vértigo
de un cuerpo arropado en duermevela;
o el paso de una partícula inestable,
yendo y viniendo en los dispositivos de la línea verde,
con la lucidez de una mente enfocada,
perseguida hasta la desaparición,
por el ojo inflexible de las cámaras de vigilancia,
bajo el centelleo eficaz de otras imágenes hiperreales,
ya carentes de inocencia.





De: "Lejos de la corriente", Ediciones Unión, 2004





Corte de luz





Toda la noche la casa ha estado vacía.
Viajaba en esa oscuridad:
Babilonia, Atenas, el Cuzco
—ciudades que invitan a vivir otra vida
en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor.

Echado en la cama durante toda la noche
mira al techo vacío de la casa:
es blanco y está totalmente limpio de significados.
Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,
tanta posibilidad en las preguntas
que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana
—ciudades que ha visto pasar desde siempre
en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada
(ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas,
ni demasiado iguales)
invitándolo a vivir una vida distinta
en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente
después de habitar en ellas durante muchas horas.
Sabe que volverán en el próximo corte de luz.
Como vuelve en el techo iluminado de la casa
el tiempo de la realidad y de la poca acción.





Edel Morales (1961, Cabaiguán, Cuba)
Fuente: www.isliada.org

Imagen: pagina 1- jose pivin.blogspot.com











B. H. Fairchild

Dos fotografías





Luz invernal,
una casa de madera blanca cubriendo el fondo
como en un sueño –las ramas desnudas
de un álamo, un fragmento de cielo.
En primer plano, mi padre
de joven, y un coche, un Packard.
Su cuerpo está desparramado sobre la carrocería
del coche, la espalda pegada contra la puerta,
los codos rígidos en el borde de la ventana,
la pierna doblada, y unos Florsheim pulidos descansando
en el estribo.
Sostiene un cigarrillo con una gracia especial,

o tal vez con fingida despreocupación,
el humo enredándose a lo largo de la patilla derecha.
El pelo fue engominado sólo
un momento antes, y la cabeza está levemente
ladeada mientras mira con algo de
timidez el ojo del obturador.

Luz invernal. Se desprende desde su camisa blanca
a la manera de los cuadros de Hopper,
la luz dura y flotante.
Está también allí, en la segunda fotografía
en la cual estoy recostado contra mi coche:
cigarrillo, las mangas enrolladas dos veces

hacia el nacimiento del antebrazo,
el cabello oscuro brilla,
una débil línea de ansiedad
inquietando las cejas. Casa blanca,
árbol, cielo, esta extraña, envolvente desnudez
que es todo lo que quiero dejar atrás,
y ya veo la autopista estrechándose
hacia el punto de fuga
más allá de los elevadores de granos
y las agujas de las iglesias Metodistas hasta que Kansas
no es más que un mar de campos pardos
desvaneciéndose en el espejo retrovisor.

La luz emprende su larga evolución hacia
mi padre y su hijo:
el ojo del obturador se abre,
dos camisas blancas arden en una caja negra,
arden todavía bajo la luz de los faroles,
y un coche se acerca al horizonte.


B. H. Fairchild (1942, Houston, Texas, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Gastón Navarro.

Fuente:  www.espaciomurena.com
Imagen: www.newletters.org


Two photographs / / Winter light, / a white frame house filling the background / as in a dream – the bare branches / of a cottonwood, a piece of sky. / In the foreground, my father / as a young man, and a car, a Packard. / / His body drapes the body / of the car, back pressed against the door, / elbows rigid on the window’s lower edge, / leg bent, polished Florsheim resting on the running board. /  He holds a cigarette with a particular grace / / or perhaps feigned casualness, / smoke curling up along the right sideburn. / The hair was slicked back onlymoments before, and the head is bowed / slightly as he gazes almost / shyly into the eye of the shutter. / / Winter light. It rises from his white shirt / in the way of Hopper paintings, the hard, floating light. / It is there, too, in the second photograph / where I lean against my car: cigarette, sleeves twice-rolled / / to where the forearm’s lower muscle / just begins, the hair sleekly dark, / a thin wire of anxiety / disturbing the eyebrows. / White house, / tree, sky, this odd, surrounding bareness / that is everything I want to leave, / and already I see the highway / narrowing / to the vanishing point / past the GANO grain elevators / and Methodist church spires until Kansas / is only a sea of brown fields / diminishing in the rearview mirror. / / The light in its long evolution toward / my father and his son: / the eye of the shutter opens, / two white shirts burn in a black box, / burn still under lamplight, / and a car approaches the horizon.